He descubierto una nueva definición de madurez.
Yo, que nunca me tomo un paracetamol hasta que siento que me voy a morir de dolor, que espero semanas y semanas hasta que se me pase algo con tal de no ir al médico, me decidí a ir al dentista porque dos dientes me chocaban, así, de repente.
Antes de seguir, voy a haceros una pequeña explicación: creo que de toda yo, lo que más cuido es mi boca y mis dientes, por diversos motivos. Por ejemplo porque es muy desagradable cuando tienes que mirar a alguien a la cara y sus dientes están más amarillos que los de tus hamsters, y sientes que le vas a...* en la cara, pero no puedes. Por otro lado, porque nuestra imagen (nos guste o no) es nuestra carta de presentación, y ya que de otras cosas no puedo presumir me gusta tener una bonita sonrisa en mi inocente carita. Entonces claro, después de haber llevado aparato, ni pizca de gracia que se me descoloquen los dientes.
Al llegar al dentista no estaba demasiado nerviosa, tal vez un poco, pero no demasiado. Bueno, nunca me han gustado los médicos ni los dentistas, pero no siempre llueve a gusto de todos. Y después de hacerme una radiografía y de tenerme con la boca abierta unos minutos, va y me dice que hay que quitarme, por lo menos, las muelas del juicio de abajo, porque no me van a salir. Además resulta que están colocadas de tal manera que empujan a las muelas de al lado y pueden llegar a partirlas. Genial, notición, yo con unas ganas de morirme que te mueres. Pero me deriva a otro médico, uno con más años, cirujano, que hace este tipo de cosas todos los miércoles y viernes, porque las muelas del juicio tienen el peligro de estar muy cerca del nervio. Y va este señor tan simpático y me dice que para qué tanta tontería, ¡mejor las cuatro de golpe!
Es decir, quirófano, anestesia total, vías, y batas de hospital que cubren tu pura desnudez. ¿Sabéis? Ni un poquito de gracia.
A mí, que me dan pánico las agujas, me dicen que tengo que estar horas con una metida. A mí, que siempre he jurado y perjurado que prefería morirme antes de pasar por nada aparatoso o doloroso, me dicen que tengo que operarme. ¿Y qué hago yo? Aceptar, y cuanto antes lo pase mejor.
Creo que me he vuelto loca.
Pero no es eso, es que al parecer he madurado. Tanto conmigo como con los demás. Antes me habría negado en rotundo, habría montado el pollo del siglo, lo que fuera, y les habría llorado a mis amigos. Ahora no voy de cobarde por la vida. Admito mi miedo, y muy a mi pesar, me enfrento a él.
Me siento como si por primera vez en mi vida me mirase frente a frente en el espejo y me dijera a mí misma: esto es lo que hay, te guste o no. Y esta vez tendré que pasarlo sola. Nadie va a estar tumbado en una camilla a mi lado y lo que me pase a mí también a él. Aunque reconozco que me gustaría que alguien hiciera el teatrillo y en cuanto me durmiesen se fuera. Me encantaría que antes de caer en el hipnótico sueño de la anestesia, mis amigos estuvieran ahí, y siguieran cuando me despertase.
He descubierto un valor que yo no sabía que existía dentro de mí. Una responsabilidad que es más grande que mis puntos débiles, que mis miedos. Y no he necesitado que nadie hable conmigo para decirme que es lo mejor para mí y blah blah blah. Por primera vez en mi vida yo sola me he bastado para un miedo mayor. Ahora solo queda salir viva del paso.
¿Y todo por qué?
Por una sonrisa bonita.
0 perspectiva(s):
Post a Comment