Estamos en uno de esos tejados desde los que se ve toda la ciudad. Allí nunca hace frío, a pesar de la altura. Allí nunca tenemos miedo. Allí nunca pasa nada, allí siempre pasa lo mismo.
Ese tejado es nuestra casa. Tenemos un sofá, una nevera que nunca está enchufada y la alfombra verde que antes solía estar a los pies de tu cama. Todos los días, a las ocho en punto de la noche, nos encontramos en ese tejado para ver anochecer juntos.
Las luces de la ciudad y la luna nos iluminan cada día. Nunca estamos solos.
Cuando el sol conquista el cielo, nos despedimos con un beso. Ese es nuestro adiós. Nunca quisimos estropear el silencio con una palabra como aquella.
Y así pasan los años.
Aunque nuestra piel se llena de arrugas, siempre nos sentimos como la noche en la que nos conocimos.
El tiempo sigue corriendo eternamente. Me sorprende ver cómo, cada noche, muere la luna a manos del sol. En cambio, tú y yo somos invencibles...
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